#YoMeQuedoEnCasa: A las tres de la mañana

A las tres de la mañana

La ciudad fue mía al final del día. Después de cerrar el bar, limpiaba el almacén y guardaba todas las botellas. Me ponía la chamarra, el gorro, los guantes y una bufanda, tomaba mis cosas, me ponía los audífonos y salía a la calle.

Los indigentes que por la tarde vagaban pidiendo limosnas para comida, alcohol o drogas, ya descansaban en lugares más cálidos. Los empleados que más temprano llenaban el metro, el autobús y las banquetas, ya disfrutaban del final de su día. Los meseros, las bartender, los administradores, todos los clientes del hotel y cada persona que, diez horas antes, encontraba invadiendo cada minuto de mi tiempo, ya estaban en casa.

Las calles vacías, el último vagón del último tren de camino a casa o el autobús, si se me hacía demasiado tarde. Todo esto era mío.

Fueron muchas madrugadas que regresé empapado al cuarto. Si no con sudor, era lluvia, nieve o llanto. Pero eso no importaba, porque podía caminar mientras nadie más existía. Con los audífonos bien puestos, la música en el volumen más alto y yo, cantando a todo pulmón, me sentía tan libre como en la sala de mi casa.

Y esa plenitud, es lo mejor que me ha pasado a las 3 de la mañana.

Texto: Baloo David Lara | Foto: Freepik

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